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jueves, 13 de marzo de 2014

El asno y el buey

El asno y el buey

Un ganadero muy rico tenía un gran rancho, donde había
animales de toda clase. En una misma cuadra del rancho
tenía a un buey y a un asno. Cierto día, entre los dos 
animales hubo una conversación muy curiosa.

—Te tengo envidia —comenzó el buey— al ver lo mucho
que descansas y lo poco que trabajas. Un mozo te cuida,
te dan buena cebada  de comer y agua pura y cristalina
de beber. Si no llevaras al amo a esos viajecitos cortos 
que hace, te pasarías la vida en la más completa dicha
y felicidad. En cambio a mí, al buey, me tratan de distinta
manera, y mi condición es tan desgraciada como agradable
la tuya. Al salir el sol me atan a una carreta o a una yunta
y trabajo todo el santo día, hasta que las  fuerzas se me 
acaban. Además, el labrador no deja de castigarme, y por
las noches me dan de comer hojas secas de pastura.
¿Ya ves por qué te envidio, amigo?

—Con razón tienen fama de tontos tú y todos los de tu 
especie —le contestó el asno—. Dan la vida en beneficio 
de los hombres y no le sacan provecho a sus facultades.
Cuando te quieran amarrar al arado, ¿por qué no das unas
cuantas cornadas y unos  mugidos que asusten a los hom-
bres? ¿Por qué no te echas al suelo y te niegas a caminar? 
Si sigues mis consejos verás qué bonito  te va a ir. Me
estarás agradecido.

Al día siguiente, el labrador fue por el buey para empezar a 
trabajar. Sólo que el buey siguió los consejos del asno: dio
tremendos mugidos, se echó, no quiso pararse y amenazó al
labrador con cornearlo. El labrador creyó que el animal 
estaba enfermo y fue a contarle al ganadero.

El ganadero le dijo que entonces llevara al asno y lo asegura-
ra para ponerlo a trabajar todo el día. Sin pensarlo dos veces,
el labrador lo hizo. El asno tiró del arado y la carreta todo 
el día, y recibió tantos palos y latigazos que cuando volvió
a la cuadra por la noche no podía ni caminar. En cuanto llegó,
el buey se le acercó.

—Gracias por todos los consejos que me diste —le dijo.

El asno se quedó callado, pero pensó: "Yo tengo la culpa de 
esto que pasó. Yo vivía muy contento y feliz, pero ahora, por
andar de hablador, el buey es el que goza de la vida. Si no 
se me ocurre algo para salir de esta situación, acabaré perdien-
do el pellejo". Medio muerto de cansancio, el asno se dejó
caer en la paja.

—De aquí en adelante —siguió hablando el buey— siempre
voy a hacer lo que me aconsejaste, amigo asno. Fingiré que
voy a  dar cornadas a todo el que se arrime.

—Está bien —dijo el asno, y suspiró— pero te voy a decir lo 
que oí platicar al amo. Como cree que estás muy enfermo y ya
no puedes caminar ni trabajar en el campo, te va a vender.
Mañana vendrá un carnicero a comprarte para hacer carnitas 
y chicharrones, filetes y bisteces.

El buey, al escuchar eso, dio tremendo mugido. El asno 
comprendió que lo que había inventado iba a resultar en
su favor. Desde ese momento estuvo seguro de que las 
cosas serían igual que antes.

Al día siguiente, ¿quién cree usted que se quedó 
descansando todo el día?


Recopilador: Moisés Leija Leija.

jueves, 6 de febrero de 2014

El doctor Milolores

El doctor Milolores


Ana y Beto estaban muy tristes. Su mamá quería regalar
el perrito de la casa porque tenía pulgas. Entonces, pensaron
que el doctor Milolores Ies podía ayudar con alguno de sus
famosos remedios y decidieron ir a buscarlo.

Cuando Ana y Beto llegaron a la casa del doctor
no había nadie, pero la puerta estaba abierta y entraron.
La casa estaba llena de frascos de muchos colores y olores
diferentes. Aunque casi todos los frascos tenían etiquetas,
Ana y Beto no sabían para qué debían emplearse las medicinas.

Entonces pensaron que tendrían que regresar otro día,
cuando estuviera el doctor. Antes de irse Beto sintió
mucha hambre. Fueron a ver si había comida en el
refrigerador y no encontraron nada.


Entonces vieron que sobre una mesa había dos frascos 
con pedacitos de queso. Beto abrió uno de los frascos 
para comer un poco. Cuando Beto iba a probar el queso
Ana le dijo: -¡Espera! Antes de comértelo tienes que olerlo.
iUf! ¡Huele muy mal!


A lo mejor este queso está podrido. Además el frasco
no tiene etiqueta. No sabemos para qué lo usa el 
doctor Milolores. Beto lo pensó y dijo: -¡Mejor no 
comemos! Y en ese momento el doctor Milolores
llegó a la casa. Los niños le explicaron por qué
estaban ahí y lo que había pasado.

-¡Vaya! -les dijo el doctor-. Escaparon de un gran peligro. 
Usaron su sentido del olfato para saber que este queso 
no era normal. Además no quisieron comerlo porque
estaba en un frasco sin etiqueta. El doctor reflexionó
un momento y luego dijo: -¡Caramba! Olvidé ponerle
etiqueta al frasco... ¡Y tiene queso con veneno para ratones!

Con mucho gusto le quitaré las pulgas a su perrito 
-agregó el doctor-, pero deben prometerme que siempre
tendrán cuidado antes de probar lo que hay dentro de
un frasco. Beto y Ana  se fueron muy contentos. El doctor Milolores les había regalado un jabón quitapulgas y les 
prometió que siempre guardaría bien las cosas peligrosas.

jueves, 9 de enero de 2014

LA LEONA Y LA OSA


Una leona había perdido a su cachorro.
Se lo había robado un cazador.
La infeliz madre lanzaba tales rugidos,
que retumbaba toda la selva.
La noche, con su oscuridad y su silencio, 
no detenía los alaridos
de la reina de los bosques.
Ninguno de los animales que vivían
cerca podía conciliar el sueño. 
Por fin, la osa le dijo:
—Todos los hijos que han caído en tus fauces,
¿no tenían también padre y madre?
—Sí, los tenían —admitió la leona.
—Pues si es así, y nadie nos ha quebrado la cabeza
 por su muerte; si tantas madres han callado,
 ¿por qué no callas tú también?
—¡Callar yo, desdichada osa!
¡No sabes que he perdido a mi hijo!
¡Mi hijo no es igual a los otros que has mencionado!
¡Era mi hijo!
—Eso mismo habrán dicho todas las madres 
a las que tú has quitado sus hijos, señora leona.
La Fontaine
Moraleja:
No hay que hacer a los otros lo que no queremos
que nos hagan. 

Los pecesitos de colores

Los pecesitos de colores

En una gran bahía, había muchos animales marinos.
Había animales grandes como las ballenas, medianos
como los delfines y chiquitos como los pececitos grises.


Un día llegó un pececito de colores. Era un pececito Arco Iris.
Los pececitos le preguntaron:
—¿Quién te dio esos colores?
El pececito Arco Iris dijo que era un secreto.
Los otros pececitos también querían tener colores.
—Yo quiero ser rojo —dijo uno.
—Yo quiero ser azul —dijo otro.
—Y yo amarillo —dijo el más chiquito.
—Bueno —dijo el pececito Arco Iris—,
si me hacen rey les diré mi secreto.
—Está bien —dijeron todos. Si nos dices tu secreto,
te haremos rey. El pececito Arco Iris dijo:
—Tienen que ir a la cueva Rayo de Sol. Y para entrar
tienen que pasar por un túnel muy oscuro, donde
hay muchos peligros. Los más valientes dijeron:
—¡Vamos, hay que arriesgarse!

Y siguieron al pececito Arco Iris hasta la entrada del túnel.
Después de mucho nadar, llegaron al final de la cueva.

En el techo de la cueva había un agujero por donde entraba
un rayo de sol. Toda la cueva estaba iluminada.
Y de pronto, un chorro de agua cayó como una cascada.
Entonces se formó un arco iris y todos los pececitos
quedaron pintados, cada uno de distinto color.
Felices, regresaron a su casa. Coronaron al pececito
Arco Iris como rey. Todos los animales de la bahía 
hicieron una gran fiesta.

Fuente:
Libro de lecturas de primer grado ( el de la portada del perrito )

miércoles, 22 de mayo de 2013

El Perro Glotón

El Perro Glotón

Un perro llevaba entre los dientes un buen pedazo de
carne y, al cruzar un puentecillo de madera, se asomó a
la barandilla viendo claramente reflejada en el agua su
propia figura. El muy simple creyó que se trataba de
otro perro que tenía en la boca un trozo de carne más
grande que el suyo.
Con los ojos brillantes de avaricia, pensó en apoderarse
también de la carne del otro y se preparó ávidamente
para abalanzarse sobre él, abriendo por completo sus
poderosas mandíbulas. Pero al hacerlo así, su propia
carne se le escapó de la boca, yendo a caer de golpe
en el agua, donde ya sólo se veían los círculos que se
iban formando en la superficie, tan grandes al fin,
como la propia estupidez del perro, quien aquí 
comprendió que, por codiciar un trozo de carne
mayor que el suyo, se quedó sin ninguno.

Esopo

Moraleja:
No hay que ser codiciosos, pues, por desear lo que otros
tienen,  podemos perder lo que nos pertenece

lunes, 20 de mayo de 2013

La sopa de Piedras.

La sopa de Piedras

Hace muchos años, llegaron unos viajeros
a una pequeña aldea de Rusia. Eran
dos jóvenes y un hombre mayor llamado
 Iván. Estaban muy cansados y hambrientos,
porque habían recorrido una gran distancia.
Cuando vieron la aldea se pusieron muy
contentos, y pensaron que al fin podrían
comer  y descansar de su largo camino.
—Compañeros —comentó Iván—,
estoy seguro de que la gente de este pueblo
compartirá su cena con nosotros si le decimos
 cuánto hemos caminado.
—¡Qué bueno que llegamos! Siento
un hoyo en el estómago por el hambre que tengo
—dijo Boris, uno de los jóvenes viajeros.


Iván se acercó a una casa y tocó la puerta.
—¿Quién es? —preguntó una voz de mujer.
—Somos tres viajeros camino a nuestros hogares.
¿Podrías compartir con nosotros un poco de tu 
comida, buena mujer? 
—¿Comida? No, no puedo. No tengo nada
que compartir con ustedes.
—Gracias —contestaron los tres hombres.

Iván se acercó a otra puerta,
—Buenas tardes —saludó Iván.
—¿Qué quieren? —preguntó sin cortesía una voz ronca.
—Quisiéramos algo de comer. Somos tres viajeros camino
a nuestra casa. Hemos recorrido un tramo larguísimo y
estamos hambrientos. —No tengo nada que invitarles
-contestó el hombre desde la ventana.

Iván tocó otra puerta, pero obtuvo el mismo resultado,
nadie abrió y mucho menos los invitaron a cenar.
—¡Qué gente tan egoísta! —dijo Boris.
—No saben compartir —confirmó Mikolka, el otro viajero.
—¡Ya sé! —exclamó Iván—. Vamos a darles una lección 
a estas personas. Les enseñaremos a hacer sopa de piedra!
—¡Qué buena idea!—dijeron sus compañeros,.

Algunos de los aldeanos miraban por las ventanas,
esperando que los extraños se fueran del lugar
—¿Todavía no se van? —preguntó un viejo.
—¡Aquí no queremos vagabundos! —amenazó una mujer.


Mientras tanto los viajeros prendieron una fogata
en medio de la aldea. Sobre el fuego colocaron una
olla que encontraron abandonada en un patio.
—Vamos al arroyo por agua —dijo Boris.
—Está bien. Y no olviden traer unas piedras para
la sopa—grito Iván para asegurarse qué todos 
en el pueblo lo oyeran—; pero elijan unas 
sabrosas y redonditas. Al poco rato los compañeros
de Iván regresaron con unas piedras y las pusieron
dentro de la olla. —Esta sopa va a quedar muy
rica —dijeron los tres.


Los aldeanos, que habían estado muy pendientes 
de todos los movimientos de los visitantes, salieron
de sus casas y se acercaron al fuego.
—¿Qué están haciendo? —preguntó uno de ellos.
—¡Oh!, sólo un poco de sopa de piedra —contestó Boris.
—¿Sopa de piedra? Yo nunca había oído de esa sopa.
—¿Nunca ha probado la sopa de piedra? —dijo Iván—.
¡Ah! Entonces acompáñenos a cenar para que la pruebe.
¡Compañeros! Hoy tenemos un invitado para la cena. 
Debemos agregar otras piedras a la sopa.
Muy bien —dijo Boris, y dirigiéndose al
aldeano preguntó—: Disculpe, buen hombre, 
¿de casualidad tendrá usted una cuchara? No estaría
bien que moviéramos la sopa con una varita hoy 
que lo tenemos a usted como invitado. —Sí, sí —
dijo el aldeano—. Voy por ella.
—Es usted muy generoso —agradeció Mikolka.

Una aldeana se acercó para ver qué pasaba. 
Una de sus amigas también salió de su casa y le preguntó:
—¿Qué hacen esos hombres?
—Dicen que preparan sopa de piedra
—¿Y tomaron las piedras de nuestro arroyo?
—Sí, amiga, y te diré que esa sopa huele muy rico.
—Pues yo no huelo nada, qué raro.
—La verdad es que yo tengo mucha hambre.

El aldeano que había ido a buscar la cuchara 
regresó y además trajo su plato. Boris comenzó
a mover la sopa de piedra y luego la probó. 
—¡Mmm, está muy rica! Sólo le falta un poco 
de cebolla. Las dos amigas ya se habían acercado
al fuego y una de ellas dijo que tenía una cebolla 
en su casa. —¡Qué bien! —exclamó feliz Mikolka—.
Así le daremos un mejor sabor a nuestra sopa.
Traiga también su plato, para que cene con nosotros.

La mujer se echó a correr y enseguida volvió con 
varias cebollas. Boris las puso en la olla de la sopa
y después de un rato la probó de nuevo.
—¡Qué rica está!, pero con unas zanahorias quedaría mejor.
—Yo tengo algunas en mi casa —dijo otro de los 
aldeanos—. Voy por ellas. Casi al instante el aldeano
regresó con un pequeño costal de zanahorias muy limpias.
Boris las agregó a la sopa y después de un rato volvió 
a probarla.

—Ya está mejorando más el sabor. Ahora sería buen
momento para agregarle unas papas. Un hombre entró 
a su casa y regresó con una canasta de papas lavadas 
y peladas. Boris las agregó a la sopa.
—¡Ay, no puede ser! ¡Son demasiadas papas, 
ya no sabrá bien la sopa! —gritó Iván.
Los aldeanos se miraron decepcionados. 
"¡Qué pena, tan rica que estaba quedando!", pensaron.

—Todavía se puede arreglar —dijo Boris— 
¿Qué les parece  si agregamos un poco de carne?
—Yo tengo en casa —dijo otro aldeano—. Voy por ella.
Por fin el aldeano trajo la carne y se la agregaron a la sopa.
Mientras la sopa terminaba de cocinarse, varias personas 
de la aldea se acercaron para preguntar a los viajeros si
 cualquiera podía hacer sopa de piedra.
—¡Claro que sí! —afirmaron Iván y sus compañeros—.
Sólo se necesita agua, piedras y un poco de hambre.

Luego de un rato aquella sopa comenzó a oler realmente
delicioso, Iván les dijo a los aldeanos: -!Qué piedras mas 
ricas hay en esta  aldea, La sopa va a quedar muy sabrosa, 
¿por qué no traen todos su plato y así compartimos esta
nutritiva sopa? Todos los aldeanos disfrutaron de una ríca
cena mientras tanto, Borís y Mikolka comían y contaban 
historias sobre los lugares lejanos  que habían visitado.

Libro de lecturas de tercer grado

domingo, 19 de mayo de 2013

La viejita y los quesos.

La viejita y los quesos


Una viejita llamada Matilde tenía una cabra
que daba mucha leche.



Con la leche de la cabra hacía quesos
y los vendía en el mercado.



Julián, el vecino, también hacía quesos, 
pero sus cabras daban menos leche 
que la cabra de la viejita. Todos los días,
mientras ordeñaba sus cabras, Julián 
se preguntaba muy enojado: 
-¿Cómo hará la viejita para hacer 
tantos quesos con la leche de una sola cabra?


Una noche, mientras todos dormían, Julián 
entró al corral de la casa de la viejita, dejó 
una cabra de su rebaño y se llevó la cabra
de Matilde.

Por la mañana, cuando Matilde se levantó
a ordeñar su cabra, se dio cuenta de que 
se la habían cambiado. Sin embargo, 
esta cabra dio tanta leche como la otra.

Al mediodía, Matilde encontró a Julián 
en el mercado y le dijo:  -¿Así que hiciste 
muchos quesos con la leche de mi cabra?

-No -respondió Julián-. 
Sólo me dio leche para un queso.

Ya ves, te llevaste mi cabra, pero no
mi secreto. El secreto no es la cabra,
sino la alegría con la que hago mi trabajo.
Libro de lecturas de primer grado (el de la portada del perrito)

Mariposo de papel.

Mariposo de papel


En lo más alto de un cerro, donde el
viento sopla fuerte, vivía un niño
llamado Oceloti


Un día, Oceloti se despertó muy
temprano para esperar a su papá que
llegaba de viaje.

Cuando su papá llegó empezó a repartir
los regalos.


-¿A mi qué me trajiste?- preguntó
Oceloti.


-Una hoja de papel- contestó su
padre.


El niño fue corriendo a buscar sus
pinceles y se puso a pintar.

oceloti dibujó una flor decuatro
pétalos y cada una le puso un
color distinto. Así, la hoja de papel se
convirtió en una flor, que tenía todos 
los colores que embellecen al mundo.

Cuando el niño terminó de pintar, quiso
ir a la casa de su abuelo para mostrarle
la flor.


Pero a medio camino un remolino de
viento le quitó su hoja y se la llevó
volando. Mientras la hoja volaba por
el aire, Oceloti imaginó que la flor era
una mariposa.


Entonces pensó que si la ataba a un
hilo para que no se la llevara el
viento, podría elevarse muy alto.

Llegó a casa de su abuelo, le pidió
un hilo. lo amarró a la hoja y salió
para hacerla volar.

Fue así como Oceloti inventó el 
papalote.

Libro de lecturas de primer grado (el de la portada del perrito)